Se le atribuye a Wally Broecker (Chicago, 1931) la primera mención al "calentamiento global" en un artículo publicado en la revista Science en 1975. Con fervientes defensores y no menos enérgicos detractores, llevamos por tanto casi 40 años debatiendo sobre si la acción reciente del hombre, que está causando un incremento notable del CO2 en la atmósfera, puede o no tener efectos catastróficos y/o irreversibles. Aquí está el debate, en los posibles efectos, porque el que hay más CO2 en la atmósfera es un hecho comprobado: en el observatorio de Mauna Loa (Hawaii), quizá el que tiene el registro histórico más antiguo, la medición de la concentración de CO2 en el aire dio un resultado de 315 partes por millón en 1958 y de 392 ppm en 2011, lo que representa un incremento del 25% en unos 50 años. Y, por lo que pueda pasar, parece que tiene sentido buscar formas de frenar e, incluso, revertir esa tendencia.
Para lo de frenar el incremento de CO2 en la atmósfera, hay multitud de iniciativas destinadas a reducir las emisiones, la más conocida el Protocolo de Kioto (1997) firmado hasta ahora por 197 Estados (curiosamente USA, el mayor emisor, no está entre ellos).
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| Klaus S. Lackner |
Pero en esta entrada vamos a tratar de uno de los avances más prometedores en el otro sentido: el de reducir los niveles de CO2 actualmente existentes. Y la idea se la debemos a Klaus S. Lackner (alemán formado en la Universidad de Heidelberg que actualmente trabaja en el Earth Institute de la Universidad de Columbia). Bueno, a él o a su hija Claire, quien parece que le dio la pista clave mientras preparaban juntos un trabajo escolar.





