Es curioso cómo la ciencia y la investigación van encontrando explicaciones a fenómenos que, conocidos desde tiempos remotos, no acababan de estar sustentados por los conocimientos aceptados en cada momento histórico. Por ejemplo, el caso del yogur, del que hablamos en el post anterior. Ya vimos cómo hace miles de años que esta fermentación de la leche de animales domésticos forma parte de la dieta humana. Y no sólo por sus propiedades alimenticias, sino por otras cualidades más difíciles de explicar. Por ejemplo, su relación con el proceso de envejecimiento.
Fue un mismísimo Premio Nobel de Medicina, el ruso Ilya Metchnikoff (1845 - 1916), considerado el padre de la ciencia inmunológica, quien postuló a comienzos del siglo XX que una de las causas del envejecimiento eran ciertas bacterias tóxicas residentes en el intestino. Y que el ácido láctico podía ayudar a contrarrestar su efecto. La prueba estaba en los longevos campesinos búlgaros y griegos, habituales consumidores de yogur. Idea que nuestro amigo Isaac Carusso cogió al vuelo y le sirvió para montar el imperio Danone. (Aprovecho para ilustrar que lo que la abuela del famoso anuncio del yogur griego decía era "jrónia kai jrónia" , que significa "años y años", algo así como un brindis por la larga vida, aunque, si no recuerdo mal, la señora parecía muy enfadada por algo...).
